miércoles, 9 de mayo de 2012

Prólogo


Abrí la puerta trasera del centro comercial, la empujé suavemente con la punta de mi arma mientras apuntaba con la linterna del cañón al interior.
La oscuridad se cernió sobre mi cuando entré: las luces estaban apagadas y el silencio en que estaba sumida aquella inmensa sala llena de estanterías provocaba algo en la atmósfera que hacia que se me helara la sangre.
Todo lo que el haz de luz me revelaba eran pasillos caóticos, con cajas por el suelo y carritos de la compra tirados en medio. Cerré los ojos, deseando que mi incursión allí no fuera en vano, esperando encontrar algo útil o para comer en aquella tienda. Respire hondo y apunte con la linterna en busca de estanterías llenas.

Desde que el mundo se había ido a la mierda, todo iba de mal en peor. Y era difícil que la situación empeorara: los muertos caminaban, los vivos se escondían, y ya no quedaba nada por lo que luchar. Luchaba por mí, por mi vida y supervivencia. Solo el fin del mundo consiguió volverme egoísta.
Nunca creía que llegaría a decir esto, pero echaba de menos la humanidad. La monotonía de la seguridad, el levantarme cada mañana junto a una sonrisa tras una melena oscura, una sonrisa de dientes brillantes que no chorreara sangre. Echaba de menos mi trabajo, las horas muertas frente al ordenador, y el no tener que vivir en una silenciosa desidia.
Por eso estaba allí. Harto de no hacer nada, de estar sentado en mi refugio mirando la pared, dejando pasar los minutos sin ninguna o actividad o acción me atrofiaba los músculos y la mente. Me estaba quedando sin provisiones, así que cogí mi pistola y mi mochila, miré el supermercado más cercano en el mapa casero que tenía en la pared, y salí de mi metódica seguridad. Necesitaba algo de movimiento.

En aquel sitio hacía un calor inusual para esas alturas de mayo. Notaba la camisa pegada a mi torso, y la cabeza me ardía por los lados. Caminaba entre deshechos, evitando cualquier tipo de ruido, inspeccionando cada estante. Encontré varias latas de comida, algo de agua, medicamentos y un par de barritas de chocolate que me comí en el momento, antes de que se pusieran malas. Invadido por la confianza del éxito, abandoné mi pose vigilante y me relajé. Podía largarme de ahí, ya tenía lo que había ido a buscar.
Estaba llegando a la puerta por donde había entrado cuando un ruido metálico hizo que diera media vuelta sobre mí mismo. Había sonado como si un peso muerto se hubiera desplomado sobre metal. Muerto, nunca mejor dicho. El cadáver, a unos siete pasillos de mí, se levantó con mucho esfuerzo de encima del carro sobre el que había caído. No corrí. Cuando estuvo en pie, me miró fijamente. Lo reconocí enseguida y le apunté con la linterna. Los ojos se le desenfocaron y profirió un gruñido largo y quejumbroso. Empezó a andar, primero lentamente, después un poco más rápido, recortando distancias entre nosotros hasta que su alcanzó un ritmo de trote en el que se mantuvo. No grité. No dejé que el miedo me abrazara. Seguí mirando su repugnante rostro, con tajos en las mejillas y la boca colgando en una mueca grotesca que estaba apenas a tres pasillos de mí. Hacía mucho que no apretaba el gatillo. Podría haberme ido, haber salido por la puerta mientras aún intentaba levantarse del suelo. Pero ya era demasiado tarde. Sabía que el disparo reverberaría entre las paredes vacías, que atraería muchos más. Sabía que esa bala probablemente me hiciera falta más tarde. Pero no podía desperdiciar esa oportunidad. Con los brazos estirados y la ropa del uniforme colgando, el hombre muerto estaba unos metros de mí. Imbécil.
Tenía mi brazo derecho estirado, aun enfocaba a la cara putrefacta mientras dejaba que se acercara. Todos aquellos años de humillación a los demás, de creerse superior, para acabar de cajero en un supermercado. Ahora ya le daba igual. Ya estaba muerto, aunque seguía avanzando hacia mí. Estaba tan cerca que ya podía olerle. Tan cerca de mi arma que la linterna le iluminó los ojos durante unos segundos, y pude ver como sus pupilas se contraían a causa del resplandor.
Su cabeza se abrió por la parte superior izquierda cuando le descerrajé el tiro. Cayó de espaldas, con un crujir de huesos apenas audible para mí. El disparo me había causado un pitido en los oídos que me duraría por lo menos media hora. Lo que si alcancé a escuchar fueron los gemidos que se alzaron tras el ruido. Sonaba como si hubiera decenas, rodeándome. Ahora sí, era el momento perfecto para irme.
El sol me cegó cuando abrí la puerta y salí al exterior. Moví un contenedor y lo situé delante de la puerta, para que no pudiera abrirse por dentro. Pronto empecé a escuchar los rítmicos golpes y puñetazos. No tardarían en llegar más, así que busqué un callejón apartado y me dirigí de vuelta a casa.

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