lunes, 23 de julio de 2012

Contracuento

Había pasado demasiado tiempo hundido y aquel chico solitario creía morir un poco más cada mañana. Todo había cambiado, los días se habían convertido en un interminable y cíclico suceder que le robaba la energía. No sabía que necesitaba para ser feliz, o por lo menos para no pasar la vida apagado. Nada funcionaba, nadie ayudaba y algunos incluso lo empeoraban. El tiempo traería la solución, pensó. O eso le gustaba pensar.

Pero aquella vez tenía razón, y el tiempo le trajo motivos para sonreír. Aquella chica de pelo rojo apareció en su camino para pedirle que fuera feliz y para escribirle en post-its que sonriera. ¿Como podía él negarse a lo que le pedían aquellos ojos cambiantes? Con aquella adorable torpeza le robaba más de una sonrisa al día. Las largas noches de dormir poco y pensar mucho se hicieron de repente más llevaderas, sus pesadillas desaparecieron y sus sueños impregnados de olor a chocolate caliente y café se llenaron de piruletas, dinosaurios y uñas pintadas de colores.

Por eso, el chico prometíó devolverle el favor, alejar sus pesadillas y cambiarlas por sueños que no terminaran ni al despertar. Prometió protegerla de los zombis y los dragones, y de cualquier idiota que fuera a hacerle daño.
Porque ella le había protegido de sí mismo y su autodestrucción, y eso era algo que nadie nunca había conseguido.

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